Maestra. Lda. en Psicología y CC. de la Educación. Doctora en Económicas y Empresariales. MBA por el Instituto de Empresa y postgrado por Harvard Business School. Ver todo mi perfil
Tal y como están las cosas llevo algún tiempo percibiendo que el optimismo resulta una actitud casi subversiva para muchos y... la verdad es que no se bien si como causa o efecto de este mismo patrón de conducta que considero propio, creo que son buenas noticias.
Todo cambio requiere un impulso poderoso capaz de rebelarse no sólo desde el intelecto sino desde el corazón, desde las emociones. El primero sirve para determinar la dirección de nuestros actos mientras que el segundo establece la consistencia y durabilidad de nuestras determinaciones.
Ambos son necesarios para vencer el "status quo", para superar las barreras del miedo, de la dócil inercia del inmovilismo. Si el cambio que requerimos ha de llegar, bien está que llegue desde el optimismo y no desde otras emociones como la rabia, el rencor, la venganza o la sospecha. Puede que nos llamen inocentes o ilusos pero... no hay nada más gratificante ni poderoso que visualizar y compartir un elevado horizonte con la esperanza de conseguirlo.
En una ocasión leí que lo más difícil de hacer en un perfume, no es saber qué aromas mezclar entre los 1.200 que existen en la naturaleza, sino saber cuándo parar; un proceso que se rige por la intuición, una vía de conocimiento tan REAL como la intelectual y que involucra la percepción, la experiencia y la emoción como vías de acceso inmediato al mismo.
Saber cuándo "parar" es fundamental para conseguir que el Aroma de la Vida no se torne excesivo y vulgar; una mera caricatura de lo que significa estar vivo... Para ello, uno tiene que aprender a escuchar a sus intuiciones y no tenerles miedo, hacerles caso, porque así es el arte de lo sublime: intangible pero cierto. Lo mismo pasa con la intuición: es un conocimiento indirecto y fiable, no meras especulaciones.
Esperanza y Vitalidad van de la mano; si la una se debilita, la otra muere. Es por esta razón que el desánimo es un lujo innecesario, un derroche prescindible en el mundo de hoy.
La sintonía es fundamental en los equipos profesionales y deportivos, pero también en la amistad, en la familia y en el amor.
Estar "en sintonía" con alguien es, sin duda, la forma más sublime y completa de comunicación. Trasciende a lo verbal y a lo gestual y convierte cualquier intercambio en una experiencia de crecimiento y desarrollo personal, incluso desde el silencio.
Malo cuando en aras de "una buena comunicación" hay que esperar o exigir respuestas; malo cuando éstas nos son requeridas; malo cuando hay que hablar o callar demasiado para entenderse. Malo para todos si el ruido de tantas voces no nos permite descubrir la melodía, el ritmo de nuestros pasos al caminar juntos; la cadencia de lo esencial, de nuestra certera necesidad "del otro".
Bien si, por el contrario, la palabra sólo enfatiza, matiza y eleva la armonía posible. Es entonces cuando la comunicación se convierte en arte - arte efímero, pero arte.
A menudo padres y madres de alumnos en edad escolar me preguntan sobre cómo motivar a sus hijos para hacer sus deberes. Seguro que esperan una respuesta técnica y elaborada basada en los últimos avances científicos en materia de psicología o neurociencia.
Mi respuesta, sin embargo, siempre empieza por sugerir "la técnica infalible" que utilizan las abuelas en todos los lugares del mundo: se acercan callandito por detrás mientras el alumno estudia y permanecen quietecitas, levemente apoyadas sobre el respaldo de la silla, hasta que finalmente uno les explica lo que "está haciendo" y a lo que ellas responden con admiración, interés y respeto, concluyendo, casi siempre, con una frase parecida a: "que orgullosa estoy de ti, cariño. Sigue ásí, sigue así,..." Y funciona. Por muchos motivos. ¡Funciona!
Se sigue haciendo excesivo énfasis en el orden aritmético; en la numeración de la posición que uno ocupa con respecto al otro, sin darnos cuenta que pretender ser el primero, el segundo,... el quinto en algo, en realidad sólo significa un orden jerárquico que inevitablemente impone la rígida disciplina de "medirnos", ordenarnos en línea recta con respecto a los demás.
Prefiero el círculo. Se parece más a la esfera en la que vivimos y es más acorde a los tiempos que corren, en los que se precisan los 360° para tener criterio sobre el valor de algo. Más aún si lo que se pretende valorar es a un ser humano.
No me fío - no me puedo fiar -de los rankings. Es mejor conocer los indicadores y establecer tu propia categorización. Para eso somos libres e inteligentes.
Todo esto tiene sentido porque a mi lado siento que puedes aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser, aprender a vivir juntos, aprender a emprender, aprender a compartir, y a la recíproca, yo me estiro y aprendo contigo cada día.